viernes, 2 de noviembre de 2018

Hoja. Lausanne, Suiza

                     Centro de Estudios Rolex,Lausanne, Suiza
                     Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa -SANAA-. 2004 - 2010

Como la hoja tierna del manzano
es flexible y ligera en los movimientos.
Los arcos de sus nervaduras
se anclan con firmeza al suelo
mientras dejan que la luz desvergonzada
de la primavera
los aturda
JNB


jueves, 1 de noviembre de 2018

Cuerpos. Lausanne, Suiza



    Centro de Estudios Rolex,Lausanne, Suiza

    Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa -SANAA-. Competición: 2004
 
Mas que unas renovadas formas
fueron capaces de captar el movimiento de unos jóvenes,
interpretar el nuevo código de encuentros
y responder a las necesidades de sus cuerpos.
JNB

miércoles, 10 de octubre de 2018

Adoquinado. R


Serie: Regreso


Adoquinado
La calle empedrada tiene un brillo especial. Los adoquines grandes de granito de forma prismática con bordes redondeados dispuestos en hilera con el cuidado y habilidad de quienes saben apoyarlo sobre arena, y suelo muy asentado. Observábamos como la cuadrilla los levantaba con un barreta para amontonarlos en una pila para luego volver a usarlos. Admirábamos la destreza de aquellos hombres y deseábamos poder apisonar, como ellos, la tierra agregada en dónde se había formado el pozo. Poder hacer lo que ellos!
Se tiraba la arena, se apisonaba, y nuevamente la piedra era colocada una detrás de otra, empujando y arrimando, siguiendo las hileras, sin desviarse y conservando las alturas y el declive, con el nivel y el hilo del ojo diestro. Del granito recién colocado, humedecido, emanaba una luz especial, ya listos para que pase el tránsito nuevamente.
Hoy, algunos ignorantes quieren cambiarlos por el asfalto. “Es por el coche”, dicen. ¡Quién diría!. Hace años los autos se desplazaban sin problemas, pero los de ahora… Claro está que esos que los quieren sacar, pocas veces han caminado lento, por esas calles, observando el paisaje. Pocas veces han observado su textura, sus tonos y colores. Ni qué hablar de ese encuentro con las viejas vías del tranvía, la recta de la cuadra, la curva de la esquina.
Es que desde el auto, pocas veces es posible observar esa belleza.
JNB.

martes, 9 de octubre de 2018

Cordón. R


Serie: Regreso


Cordón
El cordón separa la vereda de la calle, el mundo seguro del peatón se enfrenta al “incontrolado” mundo del carro o el auto. Separa el paso sosegado, del ligero y apresurado. En el barrio los cordones son de granito gris, algo texturado y en algunos casos liso y brillante. Sobresale con soltura formando un escalón. Son ideales para hacer equilibrio, un paso tras otro, sin tocar el adoquinado -no sé porqué, pero siempre caíamos de ese lado-. Me veo haciéndolo incluso de adulto, recordando “aquellos tiempos”; lo haría ahora nuevamente.
En la cuneta, que se forma por la diferencia de nivel entre el cordón y la calzada casi siempre hay agua; a veces estancada, otras veces corriendo. Ideal para jugar con los “barquitos” que en ocasiones era solo un palito que encontrábamos tirado por ahí, y se podía convertir en transatlántico, barco, bote, canoa, según jugáramos a los indios, a los conquistadores, o nos íbamos de viaje muy lejos, hasta dónde alcanzaba nuestro saber o nuestra imaginación.
El cordón era el mejor asiento. Con las piernas abiertas y los pies sobre la calle teníamos largas conversaciones… Momentos de secretos, de “filosofía”, de “y porqués”, y “yo de dije”; hasta llegar el momento de la pelea; de ahí, alguno se iba enojado, con el “nunca más” entre los labios, o en el peor de los casos, con un ojo negro. En este caso ninguno terminaba con excesiva alegría.
De pronto el cordón se corta en la entrada de un garaje, y queda bajito, a la altura de la calle. La superficie, a diferencia del resto, aparece como martelinada. Es interesante observar los extremos, cuando vuelven a tomar su altura habitual, a ras de la vereda. Son unos pocos centímetros que muestran la maestría del “pica cordón” o del “pica pica”, como habitualmente se llamaban.
JNB. Dedicado a Amelia Braghetta de Grimalt

lunes, 8 de octubre de 2018

Baldosas "vainilla". R


Serie: Regreso 


Baldosas vainilla
Mis pasos resuenan con regularidad pausada en la vereda de baldosas calcáreas, de vainilla que tienen cierta textura por el desgaste. Su color amarillento me recuerda las hojas de los libros viejos. Posiblemente es una de las razones por la que me resultan entrañables. Se ubican por casi toda la cuadra, y la mayor parte de ellas están ordenadas del mismo modo: los seis listones, pequeños y juntos se emplazan uno detrás de otro, perpendiculares a la calle, y con un leve declive hacia ésta. El acanalado, justo en tamaño para el escurrimiento. Cuando de niño tiraba un chorrito de agua me ilusionaba un río. A veces un torrente desbordado que invadía los límites, aunque pronto el líquido se dispersaba para correr en un hilo delgado y ligero, que me agitaba.
Siempre me llamó la atención los bordes biselados de las baldosas vainilla 20 por 20. Los canales aparecen precisos y perfectos, contrastando con el desequilibrio que producen cuando están flojas y nos escupen en los días de lluvia, o cuando la “doña” ha limpiado la vereda tirando incontables baldes de agua.

A esta altura me es inevitable recordar el poema
Veredas de Buenos Aires” de Julio Cortazar:
De pibes la llamamos vedera

y a ella le gustó que la quisiéramos,

en su lomo sufrido dibujamos tantas rayuelas.

Después, ya más compadres, taconeando,

dimos vuelta manzana con la barra

silbando fuerte para que la rubia del almacén

saliera a la ventana.

A mi me tocó un día irme lejos,

pero no me olvidé de las veredas,

aquí o allá las siento

como la fiel caricia de mi tierra

Al fin y al cabo, las veredas han alcanzado la categoría de identidad que muchos administradores del espacio público se empecinan por cambiar. Es imposible que ellos alteren nuestros recuerdos.
JNB.Dedicado a Rosita Ortiz (de Turdera)

domingo, 7 de octubre de 2018

Raíces. R


Serie: Regreso


Raíces
Cuando el tronco de estos árboles van acercándose al nivel de la vereda, engrosan y exteriorizan parte de sus raíces. Unas, apenas si sobresalen tímidas de la tierra, otras desbordan el cuadrado preparado para ellas, y levantan las baldosas, las quiebran. En esta parte del barrio, permanecen así, rotas, dejando ver las raíces que pujan por avanzar. Se diría que nadie se atreve a tocarlas; como si un sagrado designio obligara a respetar su impertinencia. Obligan a que las observemos; nadie quiere tropezarse con ellas… y nadie se tropieza, pues con lento caminar los vecinos acomodan sus miradas y sus pasos ajustando el ritmo.
Veo esas raíces y pienso en su profundidad, una profundidad sin medida que penetra en la tierra. Al verlas sobresalir, podemos tomar conciencia de su hondura.
JNB.

sábado, 6 de octubre de 2018

Ramas. R

Serie: Regreso
Ramas
Las ramas se mecen lentamente, como danzando en lo alto; unas ramas potentes y retorcidas, y otras, extendidas y finas, mas sensibles al viento. De un gris verdoso, contrastan con las hojas brillantes y densas. Se acurrucan unas a otras y luego se separan formando un ramillete. Evocan la tibieza de una cuna.
Siempre cambiantes nos obligan a levantar la cabeza, con los ojos vueltos hacia arriba desentrañando su diversidad.
Los troncos gruesos, poderosos, rectos y levemente inclinados delatan mil secretos entre su corteza clara y verdosa interior, y las cáscaras irregulares y escamosas, grises o marrones que se van desprendiendo. Alguien ha dejado una marca, y pienso, que acompañará la vida del árbol por un tiempo. Quizás algún día, el malhechor regrese, y vuelva a encontrarse con ella, y el árbol, en ese momento alcanzará la dimensión de su amistad. También retorno, y vuelvo a investigar los mil recovecos en busca de esos pequeños seres que viven en sus profundidades. Me gusta observar como caminan, o corren con mi aliento. Y ni que hablar si acerco mis dedos… Pienso que su mundo esta condensado en ese tronco; allí nacerán y morirán. Una y otra vez el círculo de la vida se repetirá regalándonos la ilusión que la nuestra es duradera.
JNB.

viernes, 5 de octubre de 2018

Chingolo. R


Serie: Regreso.

Chingolo
Observo esas ramas que se acunan con las hojas que van creciendo. La limpieza del día realza cada color y permite acomodar los grupos vegetales con claridad.
Me convoca el vuelo de un chingolo que se detiene en una rama pequeña, allá, en lo alto, inquieto. Casi un punto pardo, en dónde adivino el cuerpo, las alas, la cabeza; hasta creo ver el pico. Pequeño ser que me estremece con su canto de notas cortas y el gorjeo final. Evoca al niño que lo escuchaba hasta muy tarde, cuando la noche se acercaba al jardín.

También oía asombrado al canario, encerrado en su jaula de metal. Cada mañana era colgada en el mismo clavo, en la pared de la galería del patio. Mi madre extraía la bandeja inferior de chapa para lavarla cuidadosamente; una vez colocada en su lugar hacía lo mismo con el bebedero, ahora colmado de agua cristalina, al igual que la latita de sardinas que hacía de bañera. Ponía alpiste en el comedero, mientras el canario saltaba atemorizado de un sitio al otro; utilizaba los barrotes laterales o alguno de los posaderos de madera. Es como si sintiera nuevamente su corazón palpitante e inquieto, para luego reposar en su mundo que es mi mundo de sueños.
En los días fríos del invierno se agregaba una manta que se apoyaba en la parte superior de la jaula a manera de techo.
Siempre en el mismo sitio, como para hacerle sentir al canario que ese era su lugar propio, y no otro. Al anochecer la jaula era retirada rapidito y en silencio, esta vez, para ser colgada o apoyada sobre la mesita del cuartito del fondo.

Vuelvo al chingolo del árbol de la vereda.
Me envuelve un sentimiento de ternura. Siento como si en sus alas volara yo a un país sin nombre, a un mundo de pura nube y de estrellas siempre lejanas, imperceptibles, ligeras, que vienen y van, como para que la atención no decaiga. Palpito con él su vida, y en su frágil pecho encuentro el suave nido que nunca he perdido. En su corazón aliento la esperanza para mis hijos, redoblo la ilusión, salto a un futuro no muy lejano en dónde la paz cobija.
De improviso llegan varios otros chingolos, y se detienen cerca del primero. Allí quedan moviéndose de un sitio al otro, saltando. Parecen conversar, o llevar una sostenida y larga discusión… y de pronto un ruido seco… y todos, al unísono escapan en vuelo veloz.
JNB. Dedicado a Julio Bozzano

miércoles, 3 de octubre de 2018

Cúpulas verdes. R


Serie Regreso. 

Cúpulas verdes
Es bueno descansar los ojos en la copa abierta de los plátanos de la vereda. Hoy, después de tantos años, parecen mas bajos, pese a que siguen tocando el cielo. Entre las hojas la luz se filtra creando un sinnúmero de formas tintineantes, hasta que el resplandor me obliga a cerrar los ojos. Y entonces ese mundo vegetal cobra la desmesura del día, obligado a lagrimear con el dulce encuentro de la felicidad.
Arboles encajados unos en otros, formando una canasta de ramas entrelazadas, regalando la imagen sonora del viento. Es como si las ramas hicieran cosquillas y, entonces, es imposible no dejar escapar una risa, de esas, que salen por salir, sin que aliento las contenga.
¿Cómo puede una imagen golpearnos tan íntimamente?
Se mecen allá arriba desdibujando las fronteras entre unos y otros, clamando por la limpieza de esa bóveda celeste en la que se inquietan. Quién pudiera descubrir esas verdes y tiernas copas con los mismos ojos de la primera vez …quien pudiera

lunes, 1 de octubre de 2018

Arboles en la vereda. R

Serie: Regreso. 



 
Arboles en la vereda
Calles remolonas, con los árboles alineados en la vereda, en ritmo lento. Algunos se han ausentado; han dejado la huella de su presencia en el cuadrado del piso, en espera de un nuevo ejemplar para acogerlo. Entristecen esos espacios vacíos que nadie llena; en especial, los que como este, están frente a una vivienda. Es como si los dueños de esas casas hubiesen perdido la ilusión de tener su sombra, de estar acompañados por el canto de los pájaros, o de verlos crecer.
Ni siquiera han puesto una planta suplantando al tronco perdido. Solo crecen unos yuyos encaprichados por no dejar el hueco vacío. Como bocas hambrientas buscan una esperanza en la madrugada, cuando la mirada de algún caminante soñoliento los convierte en jardinera, o por la tarde, cuando la imaginación abierta del niño los transforma en una extensa selva tropical en donde se aventuran los descubridores, o en una isla en dónde recalan los corsarios sedientos de riqueza, en búsqueda del tesoro.
Y en algunos casos, la desidia los convierte en basureros, una forma de afirmar su ausencia. Entonces, la muerte recala en sus entrañas colmada de venganza, o de desprecio; irrumpen las pesadillas ahogando el lugar con su olor nauseabundo, mientras la ponzoña cría en su corazón desesperado el desasosiego.
De la administración municipal no se puede esperar nada, en especial en lugares como éstos en que ni los vecinos mas comprometidos mueven un dedo insistiendo a que los burócratas puedan hacer algo para que un nuevo retoño anide en el sitio.
JNB. Dedicado a Rosita Ortiz, de Turdera


viernes, 28 de septiembre de 2018

Parada del colectivo. R


Serie: Regreso

Fotos: HondaClub Argentina / AGN
 
Parada del colectivo
Un “¡parada!”, o “en la esquina”, o “en la esquina chofer”, o “en la esquina por favor” si eras un poco mas educado; bastaba para que el conductor te arrimara al cordón y bajaras del colectivo. Un poco mas grande ya “te tirabas” cuando aún estaba en marcha; demostrabas que eras un muchacho piola.
Como referencia de la parada había un cartelito de chapa pintada con una P y el número de la línea; según las esquinas estaba clavado en un palo de luz o en el árbol mas cercano. En una época pusieron un poste indicador, elemento que señalaba con exactitud el lugar de detención. Eran de madera, con base cuadrada y terminado en pirámide; en la parte superior, pintados con letra de molde y alineados en vertical los números de la línea. Estaba erguido y a unos centímetros del cordón. Era casi innecesario, pues todo el mundo sabía dónde era la parada del único colectivo que pasaba por allí. Quizás los habían puesto, imitando a los de la Capital, esperando que el barrio creciera.
Por supuesto, hoy como ayer, no hay que esperar un techo protector; el árbol cercano cumple la función de refugio de la lluvia, del viento y del sol. Es cuestión de acomodarse en el entorno del tronco, o de aguantar las inclemencias del tiempo.

Hubo un tiempo, que esa parada sufrió mi inquietante espera. El corazón saltaba cuando se acercaba el colectivo, y observaba algún bulto parado cerca de la puerta. Esperaba que fuera ella. Repetía, una y otra vez, en silencio su nombre, como convocando al destino para que la trajera.
Si no venía, nuevamente, a recostarme en el tronco del plátano. Nunca parado junto al poste o caminando por allí. Era como si el árbol me refugiara; calmaba mi pasajera desazón, y volvía a entregarme la esperanza.
JNB. Dedicado a Bernardo Ortiz

viernes, 21 de septiembre de 2018

En colectivo (2) R

Serie Regreso. 
En colectivo (2)
El colectivo no solo tenía fileteado el exterior, sino también algunas partes del interior, en especial sobre los dos espejos situados arriba del parabrisas. Los dibujos generalmente exageraban el marco nacarado con líneas y flores y un trébol de cuatro hojas. Desde allí escudriñaba el pasaje; siempre había una cara bonita que ver, alguno que se quería hacer el vivo con el boleto, o unos malandrines que controlar; con la mirada bastaba.
Algunos llevaban una cortinita de tela colgando del marco, con un nombre prolijamente bordado, entre pequeños espejos grabados; terminaba con una hilera de flecos que se movían al compás de los baches o frenadas. Algo similar pasaba con los muñequitos que balancean la cabeza o los brazos, apoyados cerca de la ramalera.
Un Mercedes con carrocería La Estrella, llevaba un marco único con tres varillas inclinadas, retorcidas y cromadas superpuestas al espejo; colgaba una cortina de espejo gravado y biselado que brillaba como el sol.
En el separador de caños cromados resguardaba el área reservada del chofer, lucía un tablero primorosamente pintado. Para los coches mas antiguos esta belleza se reservaba para el respaldo del conductor.
De pibe iba admirando todos los detalles descubriendo esos maravillosos dibujos; cuando terminaba, buscaba los “desperfectos”, ahí dónde la pincelada se detiene para seguir con otra, o cuando la recta se curvaba apenas indebidamente, o donde había “saltado” la pintura.
La tipografía gótica y fileteada informaba, indicaba o advertía: desde la entrada, línea y número de coche, un “Feliz viaje”, “capacidad 19 pasajeros sentados”, “prohibido fumar y escupir”, mas tarde la última palabra se sustituye por “salivar”; “baje por atrás”, “avise al bajar” que cambiará por “toque timbre al descender”, y otras. El que decía “reservado para ancianos y embarazadas” no era tan común; no había necesidad de cartelitos para saber que había que hacer… y los dormidos o distraídos, que siempre los hubo, eran “despertados” al instante.
El mundo que rodeaba al conductor era maravilloso. Los coches mas antiguos apenas tenían un medidor en el tablero, mas tarde llevaron palanca de contacto, palanca de luz de giro, reloj de aire, aceite, temperatura, amperímetro. ¡Parecía estar viajando en una nave del espacio!
El manubrio ostentaba un lindo forro o un bello nacarado; las manijas para abrir las puertas entretenían con perilla decorada. La bocha para palanca de cambio, nacarada o de acrílico trasparente podía llevar la marca del chasis, una flor o un motivo cualquiera. De la boletera o “chivera” metálica y brillante, que contenía los rollos, sobresalían los boletos de distintos colores según el valor del pasaje, que era por secciones. Y por supuesto, hasta de grande leía con atención los cinco números para ver si salía “capicúa”, ¡Ese sí que daba suerte!.
Cerca estaba el monedero también de metal de cuatro o cinco tambores con agujeritos para ver hasta dónde llegaba la fila de moneda; mas alejados, en el otro extremo un monedero mas sencillo y abierto, de caucho, y la cajita de billetes con tapa nacarada, cerca del pozo. Anhelaba ir allí, lugar privilegiado si los había, con vista panorámica, y segura amistad del chófer; pero… yo no cumplía con los requisitos de ser inspector, amigo o pariente. Si era familiar, especialmente femenino, se sentaba en el primer asiento cerca del conductor. Ese también estaba especialmente reservado a la minita que podía acompañarlo en el trayecto; aunque para algunos -oí decir- era “cable” o “gato”, que “iba de arriba” sin pagar boleto.
La decoración en torno al chófer -les gustaban que le digan “conductor”- se completaba con una estampita, la foto familiar o de los niños, enganchada en el marco del espejo Colgado del retrovisor pequeño, un rosario, una medalla, un corno portafortuna, un escarpín de bebé, e inmediatamente uno miraba al conductor para ver si su cara denunciaba a un padre, o colegía que podría ser del hijo de un pasajero distraído.
Tuve el honor de ser pasajero de los que tenían carrocería de madera lustrada, sencillos pero elegantes, con dos filas de faros pequeños y sobresalientes con su luz mortecina en el techo. Las ventanillas llevaban barrales para desplazar las cortinas de tela. Y por encima dos portaequipajes con varillas de madera barnizadas. Por el tamaño no podían llevar demasiadas cosas, pero sacaban del apuro, especialmente cuando te tocaba viajar parado. Ideal para “estirar el saco” en los días de mucho calor.
Después vinieron los forrados con chapas de fórmica con unas luminarias de acrílico traslucido que abarcaban casi todo el largo del coche. Las ventanillas mas grandes ya no tenían cortinas sino que llevaban vidrios polarizados de color. Ahora los asientos de a dos iban del lado las puertas; ya tenían dos, una por detrás para el descenso de los pasajeros.
Los asientos estaban tapizados de cuero; sorprendían los de tres colores separados con elegante diseño. Los pasamanos individuales continuos o parciales sobresalían del respaldo. Conveniente para todos, pero en especial para los mas bajos; los pasajeros mas altos tenían que viajar con la cabeza reclinada, como reverenciando.
Los chasis eran casi todos Mercedes Benz, y algún Bedford. Talleres de carrocerías había en casi todos los barrios de la ciudad y suburbanos: Bogovic Hnos, La Estrella, Ala, La Favorita, El Cóndor, El Indio, Gnecco, La Unión, Velox, Caseros, El Halcón, Alcorta, y otras mas. Una forma de personalizar diseño y de distribuir ganancias.
De noche, algunos eran espectaculares, con lucesitas de colores como los violeteros del parabrisas, antiencandilantes. Todas creaban un ambiente especial, casi mágico, en la media luz del conjunto. Primero me parecía un parque de diversiones, con el tiempo ya lo asociaba a un boliche; en todos los casos completaba ilusiones.
Por supuesto, no todos eran así, estaban los colectivos en dónde el adorno escaseaba, no se sabe si por el sentido utilitario y pragmático de su conductor o por la tacañería del dueño de la “unidad”. De chico lo llamaba Cole, después Bondi, y hoy prefiero nuevamente Colectivo... pero si lo pintás de naranja, es Micro. Ah … y lo de chofer o conductor, poco importa: hay corazón al volante.
JNB. Dedicado a Juan Grimalt

 

viernes, 14 de septiembre de 2018

En Colectivo (1) R

Serie Regreso

 
En colectivo (1)
 No podría llegar de otra manera. Baje del colectivo.

Este no estaba tan destartalado como aquellos de antaño, aunque también es bastante viejo. Lleva apenas un filete de color, lo que me llamó la atención.
Es inevitable recordar los de mi niñez, con fileteado en el capó, en los guardabarros, en la visera, en las puertas, abajo o alrededor de las ventanillas, y en la culata, en torno a las lunetas o en la puerta de auxilio. Me apasionaba observar los “monstruos”: cabezas de dragones con los cuerpos que se iban deformando, o con alas, cola de serpiente, patas de felino, lengua bípeda, lanzando fuego por la boca. Quizás, un delfín o una calavera, botones, o un hombre hoja. Las líneas rectas combinaban con una curva, una espiral; podía ser una raya en movimiento con inflexiones, ondulada, mixtilínea, era extraño encontrar una greca. Las líneas del cinturón, rara vez solas, se convertían en recuadros, o se entrecruzaban para acumular un elemento vegetal. Arriba de las ventanillas, el número de la linea con algunos puntos del recorrido, y por debajo el nombre de la empresa, preferentemente con tipografía gótica de fantasía. El zócalo liso.
En el fileteado aparecían zarcillos de acanto, festones con cintas o cornucopias. Acompañaba una mariposa, un pájaro, y no faltaban los angelitos. Era posible ver una cartela con alguna frase ingeniosa en la visera o en la puerta. Y según la inclinación de su dueño, la cara de un caballo, o el escudo de un club de fútbol; aunque extrañamente se podía ver alguna mascota. Allí estaba representada la cara de Gardel, de Sandro o de algún ídolo; también podía aparecer San Martín, la Virgen de Luján o el santo preferido. Casi siempre complementaba alguna flor, abierta de cuatro o cinco hojas, un pimpollo. No faltaba el Escudo Nacional, una bandera, o cintas argentinas, los números de la línea, y los de la unidad mas pequeños. Brillos, sombras o esfumados completaban la obra mas sofisticada.
La culata de alguno que vi, tenía puerta de emergencia con gotero en la parte superior. La luneta dividida en tres tomaba la parte superior de la puerta y los costados. A manera de paragolpes una chapa horizontal con tacos verticales de madera. En un Mercedes Benz con carrocería Ala, más moderno, la emergencia estaba resuelta con la luneta que podía despedirse entera.
Detrás y a la izquierda del parabrisas, la caja ramalera de rollo o de placas blancas con letras negras o rojas, indicaban el recorrido. La información era tan poco clara que hasta no llegar el coche a la parada no sabías si tenías que subir o no. Algunos colectivos tenían las placas en las banderas, mucho mas grandes y visibles. Después vinieron las giratorias de 4 caras que colgaban en lo alto del parabrisas.
Llamaban la atención, la enorme parrilla, las insignias sobre el capot, y en especial unas esferas cromadas colgando de cadenas. Encantaba ver el sutil temblequeo de las guías, tomadas del guardabarros o del paragolpes; unas terminaban con dados con puntos de luces de colores.
La exuberancia de chiches y faroles adicionales hablaban de la identidad que el dueño tenía con su cachorro. Cachorro que a veces se retobaba, y el chofer debía calentarlo cuando al detener el motor esperando largo rato para que pase el tren y levante la barrera.
Los espejos retrovisores externos, amarrados a un brazo, mas delicadamente llevaban un “toque” de filetes. Cerca, se ubicaban las agarraderas para el pasaje que eran de madera lustrada o nacaradas con soportes cromados; imprescindibles, a la hora de subir los escalones… y no te cuento cuando algún desalmado no te arrimaba al cordón de la vereda. 

 

jueves, 6 de septiembre de 2018

Fray Pedro de Herrera Suárez. San Esteban. Salamanca


Sacristia. Convento de San Esteban. Salamanca

Junto al altar sendos accesos con vanos rectangulares y frontis rectos; encuadran un orden menor de pilastras con friso decorado y frontis recto partido. Por encima y en los extremos obeliscos y en el centro un templete que culmina en frontis de roleos que se abren para dar lugar al escudo de Fray Pedro de Herrera Suárez. La imagen orante de éste se emplaza debajo, en un enorme nicho que la alberga; por debajo una cartela da testimonio del hecho.
En la pared de enfrente, con un planteo organizativo similar se emplaza el sepulcro del donante.
El altar, a manera de fachada de templo clásico, se organiza a partir de cuatro pilastras de orden menor, con entablamento y frontis quebrado para dejar espacio a un templete de orden toscano y frontis curvo; lleva una hornacina central que contiene la imagen policromada de la Asunción de la Virgen. Sobre los planos inclinados del frontis dos importantes obeliscos por lado y en el centro los escudos del mecenas.
Entre las pilastras laterales, las calles contienen vitrinas con apoyo y marco dorado, y por encima las hornacinas con las imágenes también policromadas de San Pedro y San Pablo del escultor Antonio de Paz.
En el centro debajo de una arco cobijo se emplaza un enorme crucifijo.
Una estructura similar se desarrolla en la pared opuesta, en dónde el espacio central es ocupado por la puerta de acceso, con ubicación forzada.
La amplitud y generosidad del espacio coincide con la necesidad de albergar muchos frailes que se preparan para la concelebración de la Misa
JNB

martes, 4 de septiembre de 2018

Alonso Sardiña y Juan Moreno. San Esteban. Salamanca



Sacristia. Convento de San Esteban. Salamanca

Fue mecenas de esta obra Fray Pedro de Herrera Suárez, prior del convento, obispo de Canarias, Tuy y Tarazona, llamado el “príncipe de los eruditos de su siglo”. Sus arquitectos fueron Alonso Sardiña y Juan Moreno, comenzando los trabajos en 1627.
La sencilla portada de la sacristía emplazada en la caja de la escalera de Soto, apenas habla del espacio que se halla al trasponerla.
La planta rectangular que cierra con bóveda de cañón con lunetos se separan por importantes arcos fajones. La bóveda lleva una decoración geométrica en donde se destacan una serie de estrellas de ocho puntas y en el centro medallones policromados. En los lunetos, que siguen la impronta geométrica, se sitúan círculos que guardan el escudo de la orden dominica.
Los muros laterales se organizan a partir de un orden de pilastras gigantes de estilo corintio, con fuste estriado y poco saliente. Las une un entablamento continuo cuyo arquitrabe, relativamente pequeño, presenta platabandas. Se destaca el friso decorado con triglifos, mientras en las metopas alternan tarjetas ovales y figuras en altorrelieve. De la cornisa y en coincidencia con los triglifos bajan salientes destacando la moldura de dentículos. Es llamativo el potente corte geométrico que presentan estos componentes.
Entre las pilastras de los dos primeros tramos se abren arcos embebidos que guardan en la parte inferior las cajoneras de madera. Los arcos van encuadrados por un orden menor, también de estilo corintio, pero aquí, las pilastras llevan un fuste liso en la parte baja y estriado en la alta. Sobre ellas descansa el entablamento con un friso sencillo, al igual que su cornisa. Cierra un frontis recto y quebrado en cuyos extremos se alzan obeliscos y en el centro un escudo policromado.
JNB

Tiempo. Suiza, Lausanne

Una manera de acercarnos a la arquitectura consiste en hacerlo desde el lenguaje poético, trascendiendo la mera observación de ...