miércoles, 3 de octubre de 2018

Cúpulas verdes. R


Serie Regreso. 

Cúpulas verdes
Es bueno descansar los ojos en la copa abierta de los plátanos de la vereda. Hoy, después de tantos años, parecen mas bajos, pese a que siguen tocando el cielo. Entre las hojas la luz se filtra creando un sinnúmero de formas tintineantes, hasta que el resplandor me obliga a cerrar los ojos. Y entonces ese mundo vegetal cobra la desmesura del día, obligado a lagrimear con el dulce encuentro de la felicidad.
Arboles encajados unos en otros, formando una canasta de ramas entrelazadas, regalando la imagen sonora del viento. Es como si las ramas hicieran cosquillas y, entonces, es imposible no dejar escapar una risa, de esas, que salen por salir, sin que aliento las contenga.
¿Cómo puede una imagen golpearnos tan íntimamente?
Se mecen allá arriba desdibujando las fronteras entre unos y otros, clamando por la limpieza de esa bóveda celeste en la que se inquietan. Quién pudiera descubrir esas verdes y tiernas copas con los mismos ojos de la primera vez …quien pudiera

lunes, 1 de octubre de 2018

Arboles en la vereda. R

Serie: Regreso. 



 
Arboles en la vereda
Calles remolonas, con los árboles alineados en la vereda, en ritmo lento. Algunos se han ausentado; han dejado la huella de su presencia en el cuadrado del piso, en espera de un nuevo ejemplar para acogerlo. Entristecen esos espacios vacíos que nadie llena; en especial, los que como este, están frente a una vivienda. Es como si los dueños de esas casas hubiesen perdido la ilusión de tener su sombra, de estar acompañados por el canto de los pájaros, o de verlos crecer.
Ni siquiera han puesto una planta suplantando al tronco perdido. Solo crecen unos yuyos encaprichados por no dejar el hueco vacío. Como bocas hambrientas buscan una esperanza en la madrugada, cuando la mirada de algún caminante soñoliento los convierte en jardinera, o por la tarde, cuando la imaginación abierta del niño los transforma en una extensa selva tropical en donde se aventuran los descubridores, o en una isla en dónde recalan los corsarios sedientos de riqueza, en búsqueda del tesoro.
Y en algunos casos, la desidia los convierte en basureros, una forma de afirmar su ausencia. Entonces, la muerte recala en sus entrañas colmada de venganza, o de desprecio; irrumpen las pesadillas ahogando el lugar con su olor nauseabundo, mientras la ponzoña cría en su corazón desesperado el desasosiego.
De la administración municipal no se puede esperar nada, en especial en lugares como éstos en que ni los vecinos mas comprometidos mueven un dedo insistiendo a que los burócratas puedan hacer algo para que un nuevo retoño anide en el sitio.
JNB. Dedicado a Rosita Ortiz, de Turdera


viernes, 28 de septiembre de 2018

Parada del colectivo. R


Serie: Regreso

Fotos: HondaClub Argentina / AGN
 
Parada del colectivo
Un “¡parada!”, o “en la esquina”, o “en la esquina chofer”, o “en la esquina por favor” si eras un poco mas educado; bastaba para que el conductor te arrimara al cordón y bajaras del colectivo. Un poco mas grande ya “te tirabas” cuando aún estaba en marcha; demostrabas que eras un muchacho piola.
Como referencia de la parada había un cartelito de chapa pintada con una P y el número de la línea; según las esquinas estaba clavado en un palo de luz o en el árbol mas cercano. En una época pusieron un poste indicador, elemento que señalaba con exactitud el lugar de detención. Eran de madera, con base cuadrada y terminado en pirámide; en la parte superior, pintados con letra de molde y alineados en vertical los números de la línea. Estaba erguido y a unos centímetros del cordón. Era casi innecesario, pues todo el mundo sabía dónde era la parada del único colectivo que pasaba por allí. Quizás los habían puesto, imitando a los de la Capital, esperando que el barrio creciera.
Por supuesto, hoy como ayer, no hay que esperar un techo protector; el árbol cercano cumple la función de refugio de la lluvia, del viento y del sol. Es cuestión de acomodarse en el entorno del tronco, o de aguantar las inclemencias del tiempo.

Hubo un tiempo, que esa parada sufrió mi inquietante espera. El corazón saltaba cuando se acercaba el colectivo, y observaba algún bulto parado cerca de la puerta. Esperaba que fuera ella. Repetía, una y otra vez, en silencio su nombre, como convocando al destino para que la trajera.
Si no venía, nuevamente, a recostarme en el tronco del plátano. Nunca parado junto al poste o caminando por allí. Era como si el árbol me refugiara; calmaba mi pasajera desazón, y volvía a entregarme la esperanza.
JNB. Dedicado a Bernardo Ortiz

viernes, 21 de septiembre de 2018

En colectivo (2) R

Serie Regreso. 
En colectivo (2)
El colectivo no solo tenía fileteado el exterior, sino también algunas partes del interior, en especial sobre los dos espejos situados arriba del parabrisas. Los dibujos generalmente exageraban el marco nacarado con líneas y flores y un trébol de cuatro hojas. Desde allí escudriñaba el pasaje; siempre había una cara bonita que ver, alguno que se quería hacer el vivo con el boleto, o unos malandrines que controlar; con la mirada bastaba.
Algunos llevaban una cortinita de tela colgando del marco, con un nombre prolijamente bordado, entre pequeños espejos grabados; terminaba con una hilera de flecos que se movían al compás de los baches o frenadas. Algo similar pasaba con los muñequitos que balancean la cabeza o los brazos, apoyados cerca de la ramalera.
Un Mercedes con carrocería La Estrella, llevaba un marco único con tres varillas inclinadas, retorcidas y cromadas superpuestas al espejo; colgaba una cortina de espejo gravado y biselado que brillaba como el sol.
En el separador de caños cromados resguardaba el área reservada del chofer, lucía un tablero primorosamente pintado. Para los coches mas antiguos esta belleza se reservaba para el respaldo del conductor.
De pibe iba admirando todos los detalles descubriendo esos maravillosos dibujos; cuando terminaba, buscaba los “desperfectos”, ahí dónde la pincelada se detiene para seguir con otra, o cuando la recta se curvaba apenas indebidamente, o donde había “saltado” la pintura.
La tipografía gótica y fileteada informaba, indicaba o advertía: desde la entrada, línea y número de coche, un “Feliz viaje”, “capacidad 19 pasajeros sentados”, “prohibido fumar y escupir”, mas tarde la última palabra se sustituye por “salivar”; “baje por atrás”, “avise al bajar” que cambiará por “toque timbre al descender”, y otras. El que decía “reservado para ancianos y embarazadas” no era tan común; no había necesidad de cartelitos para saber que había que hacer… y los dormidos o distraídos, que siempre los hubo, eran “despertados” al instante.
El mundo que rodeaba al conductor era maravilloso. Los coches mas antiguos apenas tenían un medidor en el tablero, mas tarde llevaron palanca de contacto, palanca de luz de giro, reloj de aire, aceite, temperatura, amperímetro. ¡Parecía estar viajando en una nave del espacio!
El manubrio ostentaba un lindo forro o un bello nacarado; las manijas para abrir las puertas entretenían con perilla decorada. La bocha para palanca de cambio, nacarada o de acrílico trasparente podía llevar la marca del chasis, una flor o un motivo cualquiera. De la boletera o “chivera” metálica y brillante, que contenía los rollos, sobresalían los boletos de distintos colores según el valor del pasaje, que era por secciones. Y por supuesto, hasta de grande leía con atención los cinco números para ver si salía “capicúa”, ¡Ese sí que daba suerte!.
Cerca estaba el monedero también de metal de cuatro o cinco tambores con agujeritos para ver hasta dónde llegaba la fila de moneda; mas alejados, en el otro extremo un monedero mas sencillo y abierto, de caucho, y la cajita de billetes con tapa nacarada, cerca del pozo. Anhelaba ir allí, lugar privilegiado si los había, con vista panorámica, y segura amistad del chófer; pero… yo no cumplía con los requisitos de ser inspector, amigo o pariente. Si era familiar, especialmente femenino, se sentaba en el primer asiento cerca del conductor. Ese también estaba especialmente reservado a la minita que podía acompañarlo en el trayecto; aunque para algunos -oí decir- era “cable” o “gato”, que “iba de arriba” sin pagar boleto.
La decoración en torno al chófer -les gustaban que le digan “conductor”- se completaba con una estampita, la foto familiar o de los niños, enganchada en el marco del espejo Colgado del retrovisor pequeño, un rosario, una medalla, un corno portafortuna, un escarpín de bebé, e inmediatamente uno miraba al conductor para ver si su cara denunciaba a un padre, o colegía que podría ser del hijo de un pasajero distraído.
Tuve el honor de ser pasajero de los que tenían carrocería de madera lustrada, sencillos pero elegantes, con dos filas de faros pequeños y sobresalientes con su luz mortecina en el techo. Las ventanillas llevaban barrales para desplazar las cortinas de tela. Y por encima dos portaequipajes con varillas de madera barnizadas. Por el tamaño no podían llevar demasiadas cosas, pero sacaban del apuro, especialmente cuando te tocaba viajar parado. Ideal para “estirar el saco” en los días de mucho calor.
Después vinieron los forrados con chapas de fórmica con unas luminarias de acrílico traslucido que abarcaban casi todo el largo del coche. Las ventanillas mas grandes ya no tenían cortinas sino que llevaban vidrios polarizados de color. Ahora los asientos de a dos iban del lado las puertas; ya tenían dos, una por detrás para el descenso de los pasajeros.
Los asientos estaban tapizados de cuero; sorprendían los de tres colores separados con elegante diseño. Los pasamanos individuales continuos o parciales sobresalían del respaldo. Conveniente para todos, pero en especial para los mas bajos; los pasajeros mas altos tenían que viajar con la cabeza reclinada, como reverenciando.
Los chasis eran casi todos Mercedes Benz, y algún Bedford. Talleres de carrocerías había en casi todos los barrios de la ciudad y suburbanos: Bogovic Hnos, La Estrella, Ala, La Favorita, El Cóndor, El Indio, Gnecco, La Unión, Velox, Caseros, El Halcón, Alcorta, y otras mas. Una forma de personalizar diseño y de distribuir ganancias.
De noche, algunos eran espectaculares, con lucesitas de colores como los violeteros del parabrisas, antiencandilantes. Todas creaban un ambiente especial, casi mágico, en la media luz del conjunto. Primero me parecía un parque de diversiones, con el tiempo ya lo asociaba a un boliche; en todos los casos completaba ilusiones.
Por supuesto, no todos eran así, estaban los colectivos en dónde el adorno escaseaba, no se sabe si por el sentido utilitario y pragmático de su conductor o por la tacañería del dueño de la “unidad”. De chico lo llamaba Cole, después Bondi, y hoy prefiero nuevamente Colectivo... pero si lo pintás de naranja, es Micro. Ah … y lo de chofer o conductor, poco importa: hay corazón al volante.
JNB. Dedicado a Juan Grimalt

 

viernes, 14 de septiembre de 2018

En Colectivo (1) R

Serie Regreso

 
En colectivo (1)
 No podría llegar de otra manera. Baje del colectivo.

Este no estaba tan destartalado como aquellos de antaño, aunque también es bastante viejo. Lleva apenas un filete de color, lo que me llamó la atención.
Es inevitable recordar los de mi niñez, con fileteado en el capó, en los guardabarros, en la visera, en las puertas, abajo o alrededor de las ventanillas, y en la culata, en torno a las lunetas o en la puerta de auxilio. Me apasionaba observar los “monstruos”: cabezas de dragones con los cuerpos que se iban deformando, o con alas, cola de serpiente, patas de felino, lengua bípeda, lanzando fuego por la boca. Quizás, un delfín o una calavera, botones, o un hombre hoja. Las líneas rectas combinaban con una curva, una espiral; podía ser una raya en movimiento con inflexiones, ondulada, mixtilínea, era extraño encontrar una greca. Las líneas del cinturón, rara vez solas, se convertían en recuadros, o se entrecruzaban para acumular un elemento vegetal. Arriba de las ventanillas, el número de la linea con algunos puntos del recorrido, y por debajo el nombre de la empresa, preferentemente con tipografía gótica de fantasía. El zócalo liso.
En el fileteado aparecían zarcillos de acanto, festones con cintas o cornucopias. Acompañaba una mariposa, un pájaro, y no faltaban los angelitos. Era posible ver una cartela con alguna frase ingeniosa en la visera o en la puerta. Y según la inclinación de su dueño, la cara de un caballo, o el escudo de un club de fútbol; aunque extrañamente se podía ver alguna mascota. Allí estaba representada la cara de Gardel, de Sandro o de algún ídolo; también podía aparecer San Martín, la Virgen de Luján o el santo preferido. Casi siempre complementaba alguna flor, abierta de cuatro o cinco hojas, un pimpollo. No faltaba el Escudo Nacional, una bandera, o cintas argentinas, los números de la línea, y los de la unidad mas pequeños. Brillos, sombras o esfumados completaban la obra mas sofisticada.
La culata de alguno que vi, tenía puerta de emergencia con gotero en la parte superior. La luneta dividida en tres tomaba la parte superior de la puerta y los costados. A manera de paragolpes una chapa horizontal con tacos verticales de madera. En un Mercedes Benz con carrocería Ala, más moderno, la emergencia estaba resuelta con la luneta que podía despedirse entera.
Detrás y a la izquierda del parabrisas, la caja ramalera de rollo o de placas blancas con letras negras o rojas, indicaban el recorrido. La información era tan poco clara que hasta no llegar el coche a la parada no sabías si tenías que subir o no. Algunos colectivos tenían las placas en las banderas, mucho mas grandes y visibles. Después vinieron las giratorias de 4 caras que colgaban en lo alto del parabrisas.
Llamaban la atención, la enorme parrilla, las insignias sobre el capot, y en especial unas esferas cromadas colgando de cadenas. Encantaba ver el sutil temblequeo de las guías, tomadas del guardabarros o del paragolpes; unas terminaban con dados con puntos de luces de colores.
La exuberancia de chiches y faroles adicionales hablaban de la identidad que el dueño tenía con su cachorro. Cachorro que a veces se retobaba, y el chofer debía calentarlo cuando al detener el motor esperando largo rato para que pase el tren y levante la barrera.
Los espejos retrovisores externos, amarrados a un brazo, mas delicadamente llevaban un “toque” de filetes. Cerca, se ubicaban las agarraderas para el pasaje que eran de madera lustrada o nacaradas con soportes cromados; imprescindibles, a la hora de subir los escalones… y no te cuento cuando algún desalmado no te arrimaba al cordón de la vereda. 

 

jueves, 6 de septiembre de 2018

Fray Pedro de Herrera Suárez. San Esteban. Salamanca


Sacristia. Convento de San Esteban. Salamanca

Junto al altar sendos accesos con vanos rectangulares y frontis rectos; encuadran un orden menor de pilastras con friso decorado y frontis recto partido. Por encima y en los extremos obeliscos y en el centro un templete que culmina en frontis de roleos que se abren para dar lugar al escudo de Fray Pedro de Herrera Suárez. La imagen orante de éste se emplaza debajo, en un enorme nicho que la alberga; por debajo una cartela da testimonio del hecho.
En la pared de enfrente, con un planteo organizativo similar se emplaza el sepulcro del donante.
El altar, a manera de fachada de templo clásico, se organiza a partir de cuatro pilastras de orden menor, con entablamento y frontis quebrado para dejar espacio a un templete de orden toscano y frontis curvo; lleva una hornacina central que contiene la imagen policromada de la Asunción de la Virgen. Sobre los planos inclinados del frontis dos importantes obeliscos por lado y en el centro los escudos del mecenas.
Entre las pilastras laterales, las calles contienen vitrinas con apoyo y marco dorado, y por encima las hornacinas con las imágenes también policromadas de San Pedro y San Pablo del escultor Antonio de Paz.
En el centro debajo de una arco cobijo se emplaza un enorme crucifijo.
Una estructura similar se desarrolla en la pared opuesta, en dónde el espacio central es ocupado por la puerta de acceso, con ubicación forzada.
La amplitud y generosidad del espacio coincide con la necesidad de albergar muchos frailes que se preparan para la concelebración de la Misa
JNB

martes, 4 de septiembre de 2018

Alonso Sardiña y Juan Moreno. San Esteban. Salamanca



Sacristia. Convento de San Esteban. Salamanca

Fue mecenas de esta obra Fray Pedro de Herrera Suárez, prior del convento, obispo de Canarias, Tuy y Tarazona, llamado el “príncipe de los eruditos de su siglo”. Sus arquitectos fueron Alonso Sardiña y Juan Moreno, comenzando los trabajos en 1627.
La sencilla portada de la sacristía emplazada en la caja de la escalera de Soto, apenas habla del espacio que se halla al trasponerla.
La planta rectangular que cierra con bóveda de cañón con lunetos se separan por importantes arcos fajones. La bóveda lleva una decoración geométrica en donde se destacan una serie de estrellas de ocho puntas y en el centro medallones policromados. En los lunetos, que siguen la impronta geométrica, se sitúan círculos que guardan el escudo de la orden dominica.
Los muros laterales se organizan a partir de un orden de pilastras gigantes de estilo corintio, con fuste estriado y poco saliente. Las une un entablamento continuo cuyo arquitrabe, relativamente pequeño, presenta platabandas. Se destaca el friso decorado con triglifos, mientras en las metopas alternan tarjetas ovales y figuras en altorrelieve. De la cornisa y en coincidencia con los triglifos bajan salientes destacando la moldura de dentículos. Es llamativo el potente corte geométrico que presentan estos componentes.
Entre las pilastras de los dos primeros tramos se abren arcos embebidos que guardan en la parte inferior las cajoneras de madera. Los arcos van encuadrados por un orden menor, también de estilo corintio, pero aquí, las pilastras llevan un fuste liso en la parte baja y estriado en la alta. Sobre ellas descansa el entablamento con un friso sencillo, al igual que su cornisa. Cierra un frontis recto y quebrado en cuyos extremos se alzan obeliscos y en el centro un escudo policromado.
JNB

domingo, 2 de septiembre de 2018

Fray Iñigo de Brizuela. San Esteban. Salamanca



Capitulo Nuevo. Convento de San Esteban. Salamanca

Emplazado en la planta baja, tiene acceso directo desde la galería correspondiente al Claustro de los Reyes. Los arquitectos Juan Moreno y Alonso Sardina elaboraron esta obra que inició en 1627 y concluyó en 1634, contando con el mecenazgo de Fray Iñigo de Brizuela, obispo de Segovia.
La puerta se abre con arco de medio punto, con extrados formado por finas molduras que apoyan en las impostas, también de factura simple. La clave esta formada por una hoja de acanto invertida. Avanzan levemente dos pilastras con capitel corintio y fuste estriado que descansan en bases sencillas apoyadas en podios poco salientes. Sobre las pilastras corre su entablamento cuyo friso lleva zarcillos de acanto trabajados con flexibilidad. La cornisa arranca con una hilera de dentículos, sigue con una guarda de ovos, para concluir con un importante listón saliente. El frontis curvo se quiebra para dejar emerger un templete plano con hornacina que contiene la imagen de san Esteban, presumiblemente realizada por  Antonio de Paz. Acompañan en un segundo plano y a los costados, las esculturas que representan la Fe y la Esperanza.
La planta rectangular presenta salientes en el muro, a manera de arco triunfal, para marcar la presencia del presbiterio. Se cubre con una bóveda de cañón con lunetos. Las paredes se definen por pilastras gigantes de fuste estriado, presentando un entablamento con arquitrabe insignificante y friso exagerado compuesto por roleos y tarjetas. El inacabado ornamental deja dudas respecto a la imagen imaginada originalmente para el sitio.
JNB

viernes, 31 de agosto de 2018

Dominicos hacia América. San Esteban. Salamanca


Capítulo Antiguo. Convento de San Esteban. Salamanca

El Capítulo o sala capitular es un espacio especial en dónde se reúne la comunidad de frailes para tomar decisiones; tiene que ver con el gobierno de la comunidad. El prior es quien hace cumplir las decisiones tomadas.
La Sala Capitular antigua data del siglo XIV con intervenciones de los siglos siguientes, como los sencillos techos de madera del siglo XV. Esta sala tiene para los americanos un significado especial, ya que en ella se tomaron las decisiones que permitieron a los frailes dominicos enviar misioneros al “Nuevo Mundo”, arribando los primeros en 1511 en La Española.
El local, ubicado en planta baja, constaba de dos sectores separados por una reja; uno, sobreelevado destinado a capilla, en dónde eran enterrados los dominicos mas destacados, y el otro, donde eran enterrados los demás frailes, lugar destinado a las reuniones del Capítulo. El espacio dejo de utilizarse para esta función al construirse el Capitulo Nuevo en 1634.
JNB

miércoles, 29 de agosto de 2018

La escalera se abre a la galería alta. San Esteban. Salamanca


Escalera de Soto. Convento de San Esteban. Salamanca

Los arcos apoyan en gruesos pilares, que repiten las formas cajeadas de los contrafuertes ubicados en la parte baja del claustro.
y los huecos de la parte inferior se cierran con un barandal de balaustres torneados.
El alarde técnico y constructivo de la escalera se complementa con un preciso y sintético programa iconográfico que avanza decididamente hacia el renacimiento pleno.
JNB

martes, 28 de agosto de 2018

Ultimo tramo. San Esteban. Salamanca



Escalera de Soto. Convento de San Esteban. Salamanca

Al dejar el tramo final, la desembocadura perfora la pared de la galería abriéndose con un arco de medio punto. Completa una tribuna formada por tres arcos de menor tamaño. Todos llevan en el intrados dos hileras de casetones con flores en el centro; el extrados de los arcos se completan con molduras y en las dovelas se ubican acantos invertidos. En los alfices se emplazan ángeles de cuatro alas.
JNB

lunes, 27 de agosto de 2018

Relieve policromado. San Esteban. Salamanca


Escalera de Soto. Convento de San Esteban. Salamanca

Salvando la diferencia entre el arco rebajado del último tramo y el escalonado para llegar al piso de la galería se ubica el relieve de María Magdalena recostada con una mano sobre el mentón y la otra apoyada en un libro; el relieve policromado sobrepasa delicadamente el hueco triangular asignado.
JNB

domingo, 26 de agosto de 2018

Ornamentos en la escalera. San Esteban. Salamanca


Escalera de Soto. Convento de San Esteban. Salamanca

El intradós de los arcos rebajados se decoran con casetones cuyos centros se completan con formas vegetales. El mismo esquema se repite en la parte lateral de la escalera presentando los centros motivos diversos. Concluye en un par de molduras curvas y en una tercera recta en donde apoyan los balaustres. Estos, de forma cuadrangular siguen en su dibujo la inclinación de los tramos. Al comienzo, al finalizar y en las esquinas del ojo de la escalera se ubican columnas en las que descansan los pasamanos; estas columnas sostienen espigones sobresalientes y entorchados.
JNB

sábado, 25 de agosto de 2018

Alarde técnico y constructivo. San Esteban. Salamanca


Escalera de Soto. Convento de San Esteban. Salamanca

La escalera propiamente dicha se estructura con la superposición de cuatro rampas de arco rebajado y volado; se apoyan en los muros, en el arranque y en la terminación. Las gradas se componen de una pieza de granito.
JNB

viernes, 24 de agosto de 2018

Programa iconográfico. San Esteban. Salamanca


Escalera de Soto. Convento de San Esteban. Salamanca

Debajo de los arcos, donde culmina cada pared se abre una ventana abocinada con arquivoltas, columna parteluz y tracería simple formada por arcos de medio punto y cruz inscripta en un círculo. Alude al escudo dominico que es representado por debajo de dos de las ventanas: la cruz flordelisada sobre campo de plata o blanco y sable o negro. Debajo de las otras dos ventanas el escudo de fray Domingo de soto: dos manos de las que surge una llama.
A los costados de las ventanas, sendos medallones policromados con imágenes de evangelistas y profetas; sobre campo negro cuadrado, cierran las esquinas con flores de liz doradas. Las cartelas que los acompañan por debajo llevan textos del Antiguo y Nuevo
Testamento.
JNB

Tiempo. Suiza, Lausanne

Una manera de acercarnos a la arquitectura consiste en hacerlo desde el lenguaje poético, trascendiendo la mera observación de ...