jueves, 22 de noviembre de 2018

Horizonte. Provincia de Buenos Aires, Argentina

     Provincia de Buenos Aires, Argentina

En ese largo horizonte
evoco la emoción
que construye el arte,
solo 
cuando tus ojos
son capaces de rescatar
esa otra inmensidad
JNB

lunes, 5 de noviembre de 2018

Vuelo. Lausenne, Suiza

     Centro de Estudios Rolex, Lausanne, Suiza

     Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa -SANAA-. Construcción: 2007 - 2009

Entre las dos cáscaras ondulantes
se articulan los cristales de la libertad.
Allí se desprenden del cuerpo
Aspiran a refundar un mundo
en dónde los sueños son posibles.
Se desapegan de las ataduras, de las costumbres,
para emprender un inesperado vuelo.
JNB



domingo, 4 de noviembre de 2018

Alberga a muchos. Lausanne, Suiza

    Centro de Estudios Rolex,Lausanne, Suiza

    Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa -SANAA-. 2004 - 2010

Alberga al estudioso, al investigador,
al que administra, a quién está harto de leer;
alberga al grupo, al enamorado,
al sediento de saber;
alberga al ciego, al bibliotecario,
al tremendo holgazán;
alberga a los hambrientos, a los solitarios,
a los que buscan verdad;
alberga al soñador, al perdido,
al que trabaja en no sé qué.
Y en los intersticios
es capaz también de albergar una sonrisa
JNB

sábado, 3 de noviembre de 2018

Arbol. Lausanne, Suiza

 
    Centro de Estudios Rolex,Lausanne, Suiza 
    Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa -SANAA-. Inauguración: 2010

Esos delicados troncos
pueden sostener con gracia
la llama creciente del deseo.
Y sin embargo
al caer el día
lo que parecía fuego
se vuelve árbol sediento
JNB

viernes, 2 de noviembre de 2018

Hoja. Lausanne, Suiza

                     Centro de Estudios Rolex,Lausanne, Suiza
                     Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa -SANAA-. 2004 - 2010

Como la hoja tierna del manzano
es flexible y ligera en los movimientos.
Los arcos de sus nervaduras
se anclan con firmeza al suelo
mientras dejan que la luz desvergonzada
de la primavera
los aturda
JNB


jueves, 1 de noviembre de 2018

Cuerpos. Lausanne, Suiza



    Centro de Estudios Rolex,Lausanne, Suiza

    Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa -SANAA-. Competición: 2004
 
Mas que unas renovadas formas
fueron capaces de captar el movimiento de unos jóvenes,
interpretar el nuevo código de encuentros
y responder a las necesidades de sus cuerpos.
JNB

miércoles, 10 de octubre de 2018

Adoquinado. R


Serie: Regreso


Adoquinado
La calle empedrada tiene un brillo especial. Los adoquines grandes de granito de forma prismática con bordes redondeados dispuestos en hilera con el cuidado y habilidad de quienes saben apoyarlo sobre arena, y suelo muy asentado. Observábamos como la cuadrilla los levantaba con un barreta para amontonarlos en una pila para luego volver a usarlos. Admirábamos la destreza de aquellos hombres y deseábamos poder apisonar, como ellos, la tierra agregada en dónde se había formado el pozo. Poder hacer lo que ellos!
Se tiraba la arena, se apisonaba, y nuevamente la piedra era colocada una detrás de otra, empujando y arrimando, siguiendo las hileras, sin desviarse y conservando las alturas y el declive, con el nivel y el hilo del ojo diestro. Del granito recién colocado, humedecido, emanaba una luz especial, ya listos para que pase el tránsito nuevamente.
Hoy, algunos ignorantes quieren cambiarlos por el asfalto. “Es por el coche”, dicen. ¡Quién diría!. Hace años los autos se desplazaban sin problemas, pero los de ahora… Claro está que esos que los quieren sacar, pocas veces han caminado lento, por esas calles, observando el paisaje. Pocas veces han observado su textura, sus tonos y colores. Ni qué hablar de ese encuentro con las viejas vías del tranvía, la recta de la cuadra, la curva de la esquina.
Es que desde el auto, pocas veces es posible observar esa belleza.
JNB.

martes, 9 de octubre de 2018

Cordón. R


Serie: Regreso


Cordón
El cordón separa la vereda de la calle, el mundo seguro del peatón se enfrenta al “incontrolado” mundo del carro o el auto. Separa el paso sosegado, del ligero y apresurado. En el barrio los cordones son de granito gris, algo texturado y en algunos casos liso y brillante. Sobresale con soltura formando un escalón. Son ideales para hacer equilibrio, un paso tras otro, sin tocar el adoquinado -no sé porqué, pero siempre caíamos de ese lado-. Me veo haciéndolo incluso de adulto, recordando “aquellos tiempos”; lo haría ahora nuevamente.
En la cuneta, que se forma por la diferencia de nivel entre el cordón y la calzada casi siempre hay agua; a veces estancada, otras veces corriendo. Ideal para jugar con los “barquitos” que en ocasiones era solo un palito que encontrábamos tirado por ahí, y se podía convertir en transatlántico, barco, bote, canoa, según jugáramos a los indios, a los conquistadores, o nos íbamos de viaje muy lejos, hasta dónde alcanzaba nuestro saber o nuestra imaginación.
El cordón era el mejor asiento. Con las piernas abiertas y los pies sobre la calle teníamos largas conversaciones… Momentos de secretos, de “filosofía”, de “y porqués”, y “yo de dije”; hasta llegar el momento de la pelea; de ahí, alguno se iba enojado, con el “nunca más” entre los labios, o en el peor de los casos, con un ojo negro. En este caso ninguno terminaba con excesiva alegría.
De pronto el cordón se corta en la entrada de un garaje, y queda bajito, a la altura de la calle. La superficie, a diferencia del resto, aparece como martelinada. Es interesante observar los extremos, cuando vuelven a tomar su altura habitual, a ras de la vereda. Son unos pocos centímetros que muestran la maestría del “pica cordón” o del “pica pica”, como habitualmente se llamaban.
JNB. Dedicado a Amelia Braghetta de Grimalt

lunes, 8 de octubre de 2018

Baldosas "vainilla". R


Serie: Regreso 


Baldosas vainilla
Mis pasos resuenan con regularidad pausada en la vereda de baldosas calcáreas, de vainilla que tienen cierta textura por el desgaste. Su color amarillento me recuerda las hojas de los libros viejos. Posiblemente es una de las razones por la que me resultan entrañables. Se ubican por casi toda la cuadra, y la mayor parte de ellas están ordenadas del mismo modo: los seis listones, pequeños y juntos se emplazan uno detrás de otro, perpendiculares a la calle, y con un leve declive hacia ésta. El acanalado, justo en tamaño para el escurrimiento. Cuando de niño tiraba un chorrito de agua me ilusionaba un río. A veces un torrente desbordado que invadía los límites, aunque pronto el líquido se dispersaba para correr en un hilo delgado y ligero, que me agitaba.
Siempre me llamó la atención los bordes biselados de las baldosas vainilla 20 por 20. Los canales aparecen precisos y perfectos, contrastando con el desequilibrio que producen cuando están flojas y nos escupen en los días de lluvia, o cuando la “doña” ha limpiado la vereda tirando incontables baldes de agua.

A esta altura me es inevitable recordar el poema
Veredas de Buenos Aires” de Julio Cortazar:
De pibes la llamamos vedera

y a ella le gustó que la quisiéramos,

en su lomo sufrido dibujamos tantas rayuelas.

Después, ya más compadres, taconeando,

dimos vuelta manzana con la barra

silbando fuerte para que la rubia del almacén

saliera a la ventana.

A mi me tocó un día irme lejos,

pero no me olvidé de las veredas,

aquí o allá las siento

como la fiel caricia de mi tierra

Al fin y al cabo, las veredas han alcanzado la categoría de identidad que muchos administradores del espacio público se empecinan por cambiar. Es imposible que ellos alteren nuestros recuerdos.
JNB.Dedicado a Rosita Ortiz (de Turdera)

domingo, 7 de octubre de 2018

Raíces. R


Serie: Regreso


Raíces
Cuando el tronco de estos árboles van acercándose al nivel de la vereda, engrosan y exteriorizan parte de sus raíces. Unas, apenas si sobresalen tímidas de la tierra, otras desbordan el cuadrado preparado para ellas, y levantan las baldosas, las quiebran. En esta parte del barrio, permanecen así, rotas, dejando ver las raíces que pujan por avanzar. Se diría que nadie se atreve a tocarlas; como si un sagrado designio obligara a respetar su impertinencia. Obligan a que las observemos; nadie quiere tropezarse con ellas… y nadie se tropieza, pues con lento caminar los vecinos acomodan sus miradas y sus pasos ajustando el ritmo.
Veo esas raíces y pienso en su profundidad, una profundidad sin medida que penetra en la tierra. Al verlas sobresalir, podemos tomar conciencia de su hondura.
JNB.

sábado, 6 de octubre de 2018

Ramas. R

Serie: Regreso
Ramas
Las ramas se mecen lentamente, como danzando en lo alto; unas ramas potentes y retorcidas, y otras, extendidas y finas, mas sensibles al viento. De un gris verdoso, contrastan con las hojas brillantes y densas. Se acurrucan unas a otras y luego se separan formando un ramillete. Evocan la tibieza de una cuna.
Siempre cambiantes nos obligan a levantar la cabeza, con los ojos vueltos hacia arriba desentrañando su diversidad.
Los troncos gruesos, poderosos, rectos y levemente inclinados delatan mil secretos entre su corteza clara y verdosa interior, y las cáscaras irregulares y escamosas, grises o marrones que se van desprendiendo. Alguien ha dejado una marca, y pienso, que acompañará la vida del árbol por un tiempo. Quizás algún día, el malhechor regrese, y vuelva a encontrarse con ella, y el árbol, en ese momento alcanzará la dimensión de su amistad. También retorno, y vuelvo a investigar los mil recovecos en busca de esos pequeños seres que viven en sus profundidades. Me gusta observar como caminan, o corren con mi aliento. Y ni que hablar si acerco mis dedos… Pienso que su mundo esta condensado en ese tronco; allí nacerán y morirán. Una y otra vez el círculo de la vida se repetirá regalándonos la ilusión que la nuestra es duradera.
JNB.

viernes, 5 de octubre de 2018

Chingolo. R


Serie: Regreso.

Chingolo
Observo esas ramas que se acunan con las hojas que van creciendo. La limpieza del día realza cada color y permite acomodar los grupos vegetales con claridad.
Me convoca el vuelo de un chingolo que se detiene en una rama pequeña, allá, en lo alto, inquieto. Casi un punto pardo, en dónde adivino el cuerpo, las alas, la cabeza; hasta creo ver el pico. Pequeño ser que me estremece con su canto de notas cortas y el gorjeo final. Evoca al niño que lo escuchaba hasta muy tarde, cuando la noche se acercaba al jardín.

También oía asombrado al canario, encerrado en su jaula de metal. Cada mañana era colgada en el mismo clavo, en la pared de la galería del patio. Mi madre extraía la bandeja inferior de chapa para lavarla cuidadosamente; una vez colocada en su lugar hacía lo mismo con el bebedero, ahora colmado de agua cristalina, al igual que la latita de sardinas que hacía de bañera. Ponía alpiste en el comedero, mientras el canario saltaba atemorizado de un sitio al otro; utilizaba los barrotes laterales o alguno de los posaderos de madera. Es como si sintiera nuevamente su corazón palpitante e inquieto, para luego reposar en su mundo que es mi mundo de sueños.
En los días fríos del invierno se agregaba una manta que se apoyaba en la parte superior de la jaula a manera de techo.
Siempre en el mismo sitio, como para hacerle sentir al canario que ese era su lugar propio, y no otro. Al anochecer la jaula era retirada rapidito y en silencio, esta vez, para ser colgada o apoyada sobre la mesita del cuartito del fondo.

Vuelvo al chingolo del árbol de la vereda.
Me envuelve un sentimiento de ternura. Siento como si en sus alas volara yo a un país sin nombre, a un mundo de pura nube y de estrellas siempre lejanas, imperceptibles, ligeras, que vienen y van, como para que la atención no decaiga. Palpito con él su vida, y en su frágil pecho encuentro el suave nido que nunca he perdido. En su corazón aliento la esperanza para mis hijos, redoblo la ilusión, salto a un futuro no muy lejano en dónde la paz cobija.
De improviso llegan varios otros chingolos, y se detienen cerca del primero. Allí quedan moviéndose de un sitio al otro, saltando. Parecen conversar, o llevar una sostenida y larga discusión… y de pronto un ruido seco… y todos, al unísono escapan en vuelo veloz.
JNB. Dedicado a Julio Bozzano

miércoles, 3 de octubre de 2018

Cúpulas verdes. R


Serie Regreso. 

Cúpulas verdes
Es bueno descansar los ojos en la copa abierta de los plátanos de la vereda. Hoy, después de tantos años, parecen mas bajos, pese a que siguen tocando el cielo. Entre las hojas la luz se filtra creando un sinnúmero de formas tintineantes, hasta que el resplandor me obliga a cerrar los ojos. Y entonces ese mundo vegetal cobra la desmesura del día, obligado a lagrimear con el dulce encuentro de la felicidad.
Arboles encajados unos en otros, formando una canasta de ramas entrelazadas, regalando la imagen sonora del viento. Es como si las ramas hicieran cosquillas y, entonces, es imposible no dejar escapar una risa, de esas, que salen por salir, sin que aliento las contenga.
¿Cómo puede una imagen golpearnos tan íntimamente?
Se mecen allá arriba desdibujando las fronteras entre unos y otros, clamando por la limpieza de esa bóveda celeste en la que se inquietan. Quién pudiera descubrir esas verdes y tiernas copas con los mismos ojos de la primera vez …quien pudiera

lunes, 1 de octubre de 2018

Arboles en la vereda. R

Serie: Regreso. 



 
Arboles en la vereda
Calles remolonas, con los árboles alineados en la vereda, en ritmo lento. Algunos se han ausentado; han dejado la huella de su presencia en el cuadrado del piso, en espera de un nuevo ejemplar para acogerlo. Entristecen esos espacios vacíos que nadie llena; en especial, los que como este, están frente a una vivienda. Es como si los dueños de esas casas hubiesen perdido la ilusión de tener su sombra, de estar acompañados por el canto de los pájaros, o de verlos crecer.
Ni siquiera han puesto una planta suplantando al tronco perdido. Solo crecen unos yuyos encaprichados por no dejar el hueco vacío. Como bocas hambrientas buscan una esperanza en la madrugada, cuando la mirada de algún caminante soñoliento los convierte en jardinera, o por la tarde, cuando la imaginación abierta del niño los transforma en una extensa selva tropical en donde se aventuran los descubridores, o en una isla en dónde recalan los corsarios sedientos de riqueza, en búsqueda del tesoro.
Y en algunos casos, la desidia los convierte en basureros, una forma de afirmar su ausencia. Entonces, la muerte recala en sus entrañas colmada de venganza, o de desprecio; irrumpen las pesadillas ahogando el lugar con su olor nauseabundo, mientras la ponzoña cría en su corazón desesperado el desasosiego.
De la administración municipal no se puede esperar nada, en especial en lugares como éstos en que ni los vecinos mas comprometidos mueven un dedo insistiendo a que los burócratas puedan hacer algo para que un nuevo retoño anide en el sitio.
JNB. Dedicado a Rosita Ortiz, de Turdera


viernes, 28 de septiembre de 2018

Parada del colectivo. R


Serie: Regreso

Fotos: HondaClub Argentina / AGN
 
Parada del colectivo
Un “¡parada!”, o “en la esquina”, o “en la esquina chofer”, o “en la esquina por favor” si eras un poco mas educado; bastaba para que el conductor te arrimara al cordón y bajaras del colectivo. Un poco mas grande ya “te tirabas” cuando aún estaba en marcha; demostrabas que eras un muchacho piola.
Como referencia de la parada había un cartelito de chapa pintada con una P y el número de la línea; según las esquinas estaba clavado en un palo de luz o en el árbol mas cercano. En una época pusieron un poste indicador, elemento que señalaba con exactitud el lugar de detención. Eran de madera, con base cuadrada y terminado en pirámide; en la parte superior, pintados con letra de molde y alineados en vertical los números de la línea. Estaba erguido y a unos centímetros del cordón. Era casi innecesario, pues todo el mundo sabía dónde era la parada del único colectivo que pasaba por allí. Quizás los habían puesto, imitando a los de la Capital, esperando que el barrio creciera.
Por supuesto, hoy como ayer, no hay que esperar un techo protector; el árbol cercano cumple la función de refugio de la lluvia, del viento y del sol. Es cuestión de acomodarse en el entorno del tronco, o de aguantar las inclemencias del tiempo.

Hubo un tiempo, que esa parada sufrió mi inquietante espera. El corazón saltaba cuando se acercaba el colectivo, y observaba algún bulto parado cerca de la puerta. Esperaba que fuera ella. Repetía, una y otra vez, en silencio su nombre, como convocando al destino para que la trajera.
Si no venía, nuevamente, a recostarme en el tronco del plátano. Nunca parado junto al poste o caminando por allí. Era como si el árbol me refugiara; calmaba mi pasajera desazón, y volvía a entregarme la esperanza.
JNB. Dedicado a Bernardo Ortiz

Tiempo. Suiza, Lausanne

Una manera de acercarnos a la arquitectura consiste en hacerlo desde el lenguaje poético, trascendiendo la mera observación de ...